¿Muera el edadismo! (A.Trillas Alternativas Económicas Diciembre 2022)

Vivir más se vuelve una pesadilla si la perspectiva es el abandono en un aparcamiento de viejos (sobre todo de viejas).

Obedecer instrucciones, órdenes, pronunciadas en un tono infantil y exageradamente animoso. Ver cómo se diluye la identidad en un grupo etiquetado de inútil, entre paladas de pastillas. Escuchar canciones de otro planeta mental como gran entretenimiento. Todo ello forma parte del teatro de las residencias, incluso si la comida y el cuidado son humanos.
La pandemia sirvió en bandeja la evidencia de que este no es país para viejos. Enfermedad, maltrato, soledad y marginación social confluyen en el destino de buena parte de la generación que, como tanto se ha cacareado, labró el terreno al ascenso social y la democracia tras crecer en el páramo de la posguerra.
"Las izquierdas nos han abandonado… y nuestros hijos también”, espeta sobre el escenario el actor Oriol Genís, cuyo personaje se declara en inútil rebelión contra el encierro en una residencia. Solo sabe que “no debería" estar allí. Y sus compañeros de encierro lo escuchan casi anonadados. Acaso olvidaron de qué les habla.
El colectivo Cultura i Conflicte —que se estrenó con la impactante propuesta de Hay alguien en el bosque, que a finales de marzo se representa en el Teatro de la Abadía de Madrid— proyecta una mirada feroz sobre el economicismo de un sistema que condena al olvido a quien deja de considerar productivo. El título es provocador: Moriu-vos (en castellano Moríos).
La obra, dirigida por Joan Arqué, con dramaturgia de Anna Maria Ricart, adopta el punto de vista de los mayores, que vegetan por fuera y viven por dentro, entre fantasías, recuerdos, obsesiones y desmemoria. Y no solo se expresa a través de la palabra, sino de forma predominante, lo hace con la danza y la expresión corporal. Cosas de Sol Picó.
La irrupción de la tecnología como sucedáneo de la compañía y el afecto se hacen presentes en la historia que en el escenario discurre en paralelo a la inercia del centro residencial. Es el encierro en casa. Una mujer sola y cada vez más dependiente, interpretada por Imma Colomer, únicamente departe con la voz metálica de la teleasistencia y con la de un robot-foca japonés. La muerte emerge como liberación. 
El trabajo de campo y la documentación previos, a cargo de la periodista Teresa Turiera, nutre distintos formatos. En este caso, completan la pieza teatral una doble exposición fotográfica —Marta Garcia se atreve con las posibilidades del deseo y el erotismo durante la vejez, y Oriol Casanovas retrata cuerpos vulnerables en espacios chocantes—, además de talleres en las escuelas.
Se entrevé el intento de poner (también) el foco en el lado luminoso de la vejez, pero las conversaciones (y silencios) del público a la salida apuntan hacia otro lado, en el país de la Unión Europea que más ha envejecido en la última década.
 
Ariadna Trillas Alternativas Económicas. Diciembre 2022